En una sociedad que funciona de forma equilibrada y que protege de igual manera a todos los componentes de su población, tres meses de pandemia no deberían causar las colas de hambre como las que hemos visto en la primera ola en España. Si aparecieron (y siguen hasta ahora) es porque hay problemas más profundos que condenan a ciertos segmentos de la población a una vulnerabilidad más aguda en situaciones como la que estamos viviendo. A nivel social, lo que la pandemia parece demostrar con más fuerza es que un importante porcentaje de la población vive en una situación que no les garantiza recursos básicos ni para un mes de confinamiento. Un encierro realizado en condiciones que permitían mantener un nivel de vida digno resultó inalcanzable o casi un lujo para muchos en la primera hola de pandemia.

En España la economía sumergida florece y es una de las más desarrolladas entre los países europeos. Muchas personas viven en los márgenes de la sociedad dependiendo de los trabajos precarios, en gran parte feminizados o racializados y no reconocidos social y/o legalmente a pesar de que estos trabajos resultan esenciales para el buen funcionamiento global. Limpiadoras, cuidadoras o jornaleros, son algunos de los ejemplos más llamativos. Muchas de estas personas viven además en una situación administrativa que condiciona el desarrollo de sus proyectos de vida, impidiéndoles el acceso a trabajos seguros y en condiciones dignas.

Durante el confinamiento muchas de estas personas quedaron excluidas de cualquier ayuda o apoyo institucional, sin poder ni siquiera presentar una solicitud de subsidio. Otros, en pleno proceso de regularización, se quedaron en limbo, ya que todos procedimientos administrativos quedaron suspendidos.

Muchas de estas personas se vieron también obligadas a acudir a las despensas solidarias de comida, puestas en marcha por redes vecinales que hasta ahora han salvado a una multitud de familias del riesgo del hambre y de la exclusión social aguda. Sin sueldos ni derechos a ayudas, al paro o a ERTE, a menudo estas personas tenían que elegir entre pagar su alquiler o comprar comida.

Para responder a la emergencia y cubrir las necesidades más básicas de estas personas, las redes vecinales y varias organizaciones de barrios pusieron en marcha una serie de iniciativas solidarias. Desde despensas de comida, pasando por una red de interpretes voluntarios que facilitaban la atención a los inmigrantes en centros de salud, hasta apoyo frente al riesgo de desahucios y lucha contra la brecha digital que, en tiempos de pandemia, tuvo consecuencias desastrosas en cuanto a acceso a ayudas y tramites administrativos. 





“No tengo miedo decir que trabajo en negro, a ver tengo compañeras que son españolas y que trabajan en negro también. La economía sumergía en España es impresionante porque muchos empleadores no quieren pagar la seguridad social…. Ahora estoy pidiendo papeles, basándome en arraigo y demostrando que hay un empleador que me quiere contratar. Pero esto lo puedes hacer sólo después de haber vivido en España durante 3 años. Sea tres años sin papeles te permiten lanzar el procedimiento. Pero como viviste durante estos tres años y con que dinero, nadie te lo pregunta. Y dime tu ¿quien viene a España con ahorros suficientes para vivir durante tanto tiempo? En un sistema así, es normal que la gente trabaja en negro.”



Andrea (43 años, Chile)
Licenciada en Ingeniería de Minas; trabaja en un hotel en Madrid





Para leer más sobre la campaña “Regularización Ya”: ENTRA AQUI


TESTIMONIOS

ANDREA (43 años, Chile) tiene una hija de 6 años; hace 5 años llegó a España. En Chile trabajaba en el sector de la Ingeniería de Minas. Tiene dos carreras universitarias terminadas y un nivel alto de ingles. Aquí trabaja de noche en un hotel, pero hasta ahora sin papales. 

España es uno de los piases que encabezan las listas de la Unión Europea en cuanto a la importancia de economía sumergida. Al margen de todas las consecuencias negativas que tiene la falta de la regularización, en esta pandemia además las personas que se ven en la obligación de trabajar en negro, se quedaron sin recursos ni posibilidad de pedir ayudas... LEER MÁS

MOHAMMED tiene 74 años. Hace 12 vino a España con un visado de turista. Alguien le propuso un trabajo como repartidor de publicidad en la calle, pagando 100€ a la semana. Como dice Mohammed: “En Marruecos es mucho dinero. Con esto podía vivir normal, y mandar dinero a mi familia”. En Marruecos tiene a su mujer y dos hijos. Su hijo mayor vive también en España, trabaja como cuidador de personas mayores. 

Mohammed intento arreglar su situación, pidió papeles aludiendo arraigo en la sociedad pero obtuvo respuesta negativa.... LEER MÁS


ARACELI (63 años, nacida en Mexico) creció y pasó gran parte de su vida en Estados Unidos y Canadá. Desde 2000 vive en España. Siempre se buscó la vida a su manera y desde que está en España ha intentado conseguir varios trabajos - desde profesora y/o traductora de inglés (es bilingüe) hasta administrativa. Pero como ella dice: “aquí, si no tienes un diploma, tu experiencia por larga que sea, no vale para nada.” 

Para comer, Araceli acude cada día al comedor social del barrio y una vez a la semana a la despensa solidaria La Villana de Vallekas... LEER MÁS





“Yo necesito papales, para poder vivir normalmente y poder ir a Marruecos a ver mi mujer. Desde hace 12 años sólo la veo a través de video-llamadas. Me gustaría volver a Safi, pero tengo que quedarme aquí y buscar lo que sea, para poder ayudarles a ellos. Allí la vida es muy dura.” 


Mohammed, usuario de la despensa solidaria
en La Villana de Vallekas



LAS COLAS DEL HAMBRE


La pandemia tiene muchas caras y deja secuelas a largo plazo. En Madrid, como en otros lugares, durante el confinamiento el espectro de hambre se hacía cada vez más grande. Muchas personas se encontraron ante un dilema de poder comer o pagar el alquiler. Las colas de hambre, que aparecieron prácticamente en mismo tiempo que se decretó el estado de alarma, no pararon de crecer y, un año más tarde, muchas personas todavía necesitan ayuda para poder comer.


Frente a esta crisis alimentaria varios centros auto-gestionados, asociaciones o simplemente vecinos de barrio pusieron en marcha iniciativas solidarias y voluntarias para ayudar a cubrir necesidades tan básicas como la comida, productos de limpieza, pañales para niños. Esta red de despensas solidarias pronto tuvo que empezar a ofrecer otro tipo de ayudas – apoyo escolar y búsqueda de equipos para que los niños de familias más afectadas puedan seguir estudiando online.

A menudo, las personas afectadas que se veían por la primera vez ante una necesidad de ir pidiendo comida, se involucraban a su vez en la preparación de cestas y distribución de comida, para de este modo devolver a otros la ayuda que ellos mismos recibieron. La red solidaria entre vecinos crecía, sin que instituciones publicas apoyan de manera adecuada este trabajo tan esencial. Al contrario, los servicios sociales a menudo desbordados por la situación y la creciente demanda, derribaban las personas afectadas a redes vecinales voluntarias.

La lista de los centros y asociaciones que desarrollaron este tipo de ayuda en Madrid es larga. Abajo podéis encontrar información sobre algunos de ellos:



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“¡Piensa que hay gente que no ha trabajado durante un mes y ya no tiene ni para comer! ¿En qué condiciones estaban viviendo antes para que, cuando no trabajan un mes, no tienen un colchón suficiente ni para comer? ¿Tan hasta el cuello estamos viviendo? ¿En esta tierra de libertad? Da que pensar…. Y no son cuatro gatos….”




Mikel, voluntario de la despensa solidaria 
La Horizontal, Vallecas (Madrid) 


La Horizontal es uno de estos centros auto-gestionados que prácticamente desde el principio de la pandemia puso en marcha una red solidaria de recogida y distribución de comida a los más necesitados. Cada vez la cola se hacía más grande y la red vecinal rápidamente se vio desbordada por la demanda. Tanto más que los servicios sociales de Madrid, desbordados también y con pocos recursos por falta de la respuesta institucional adecuada, derribaban la gente a las despensas solidarias de barrios como la de La Horizontal.

Las despensas en general funcionaban en base del trabajo voluntario y de las donaciones, tanto por parte de particulares como de pequeños comercios. Toda la cuestión es cuanto tiempo aguantará esta red solidaría, tomando en cuenta que esta crisis dejará marcas a largo plazo.

“Algunas personas se creen que acabado la pandemia se acabará la necesidad, pero este bario (Vallecas) tiene la precariedad permanente y desde la crisis del 2008 no se puede decir que ha desaparecido. Hay gente que está en la precariedad aunque tenga trabajo, y si no la tiene, pues peor aun.

Yo hasta en mi edificio, a los dos tres días de que se ha decretado el estado de alarma, en mi portal me encontré con una chica llorando. Un vecino mío la tenía de interna y la tenia sin contrato, y la ha echado a la calle en estado de alarma. Y la chica se encontró sin curo, sin poder reclamar nada a nadie, sin ninguna ayuda. El sector de cuidados, es el que se llevó un choque más duro en esta pandemia.

Que pasará cuando nosotros paramos? No lo se, hay otros sitios, pero ahora no está suficiente lo que hacen, sino no habría tanta gente que acude a las despensas. Pero a mi personalmente es lo que me gusta además en nuestras iniciativas es que se intenta construir sinergías, para que la gente se implica de la manera de que los problemas así solo podemos resolverlos juntos.” - Mikel


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“Lo que traigo del comedor y de la dispensa, lo comparto con una mujer mayor que vive sola desde hace dos años. Se escapó de su casa porque la maltrataba su marido, y todavía tiene miedo de salir a la calle, por si la encuentra.”



Araceli, usuaria de la despensa solidaria
en La Villana de Vallekas


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“Yo no quiero ayuda del gobierno, yo quiero trabajar! Porque no me dejan trabajar? Es lo peor… hay mucha necesidad, en campo, en mercados, limpiar casas o cocinar. Pero sin papeles no puedo hacer nada. Ahora necesitamos trabajar para pagar alquiler y comer, luego ya pensaré en mi carrera.”



Flavio (34 años, Brasil)
18 años de experiencia profesional en el sector de turismo)

Flavio y Nivaldo, una pareja gay de Brasil, llegaron a España en diciembre del año pasado con la intención de pedir asilo. En España, durante los primeros 6 meses los requerientes de asilo no tienen derecho ni a trabajar ni a pedir cualquier tipo de ayuda. Tienen que aguantar. Flavio y Nivaldo llegaron con unos ahorros que pensaban suficientes, invirtieron incluso en clases de idioma para ir preparándose lo mejor que puedan a su nueva vida. Pero finalmente los gastos resultaron más altos de lo que pensaban y el mes pasado se encontraron ya delante un dilema: pagar el alquiler o comprar la comida... LEER MÁS




Johan y Zulail
(Venezuela)


Johan y Zulail (28 y 27 años respectivamente) llegaron a España en 2017. Pidieron el asilo y después de una larga espera, consiguieron obtener sus papeles. Pero el trabajo estable y con contrato ya es otro problema.

Johan pasaba de un contrato por obra al otro, siempre en el sector de la construcción. El último se le terminó justo antes de que se declara el estado de alarma, en principio de febrero 2020, con lo cual no pudo acogerse a una ayuda para los que perdieron su trabajo por culpa de pandemia. Tampoco consigo obtener otro empleo, ya que en tiempo de confinamiento la empresa estaba cerrada. No tuvo derecho a ERTE y tampoco al paro, ya que no llegó a cotizar ni un año porque en mayoría se le ofrecía únicamente el trabajo en negro. 

Zulail trabajaba en un bar como camarera. Se quedo embarazada y a un momento con la barriga ya empezó a ser más difícil entonces la pusieron de limpieza. Le pagaban 5€ la hora pero la pusieron de alta en la Seguridad Social sólo al final y a medio jornada, aunque en realidad trabajaba más horas. Aguantó limpiando por la noche hasta prácticamente dos semanas antes de parir y dio luz a dos días de la declaración del estado de alarma. Como su empleador tampoco ha cotizado mucho tiempo por ella, se quedo sin nada, no teniendo siguiera derecho a permiso de maternidad.

Viven con sus dos niños (el recen nacido y una niña de 5 años) en un piso de 60m2 que comparten con los padres y un hermano menor de Zulail. En Venezuela los padres de Zulail trabajaban en una escuela, haciendo limpieza y mantenimiento. El sueldo era muy bajo y la crisis se hacía sentir cada vez con más fuerza. Pero lo que finalmente dio la voz de alarma fue que el ejercito quiso llevarse al hijo menor Rojelio. La madre decidió sacarlo del colegio y llevárselo consigo a España. Meses más tarde vino el padre, llegando prácticamente justo antes de la pandemia.

En España, la madre de Zuhalia trabajaba como empleada de hogar interna, cuidando personas mayores. Se le terminó en diciembre y también se quedo sin ningún recurso. Rojelio conseguía pequeños trabajos en ferias y por supuesto en negro ya que en general para estas cosas nadie quería hacerle contrato. Con el confinamiento este sector también se vino abajo y Rojelio, como el resto de su familia, se quedo sin ingresos.

Durante el estado de alarma la familia vivió de ahorros y gracias al hecho de que la dueña del piso aceptó cobrar sólo una parte de alquiler durante el encierro. Pero aun así, sin ingresos el poco de colchón que tenían no da para 5 personas adultas y dos niños durante mucho tiempo. Intentaron contactar servicios sociales, pero les dijeron que no les corresponde ningún tipo de subsidio y les dieron una caja de comida. Contactaron también con la Cruz Roja, les dijeron que está todo colapsado y que les van a contactar de vuelta. Dos meses más tarde todavía seguían esperando. Oyeron hablar de una despensa solidaría en un centro del barrio (La Horizontal) y allí pudieron recoger alguna vez las cajas de comida, productos básicos para limpieza y para su bebé.

El estado de alarma y el confinamiento encontró a muchas familias atrapadas en pisos pequeños y sobre-ocupados; sin recursos ni ayudas. Para ellas, el confinamiento en condiciones, respetando todas las exigencias de higiene que impone esta pandemia, era un lujo inalcanzable. - “Si no me da para comer y tengo que pedir cajas de comida en despensas, ¿como quieras que compro mascarillas, geles y todo lo que dicen necesario? Si una caja de mascarillas cuesta 50€, ¿sabes cuantos kilos de arroz puedo comprar con eso y dar a comer a mi familia?” - Johan. 





JUNTANDO FUERZAS


La organización World Central Kitchen fue creada por José Andrés, un famoso cocinero español asentado en Estados Unidos. La organización llegó a Madrid en plena pandemia, alrededor del 20 de marzo, para responder a la emergencia alimentaria que golpeaba a la ciudad, empezando con la preparación y reparto gratuito de unos 950 menús al día. A finales de mayo distribuían ya casi 13.000 menús diarios. La cifra iba creciendo y la organización abrió sus cocinas en otras ciudades.

Todo el trabajo se realizó de manera voluntaria, mientras que los alimentos y los gastos derivados de la cocina son cubiertos por donaciones que provienen del mundo entero. Lo único que la organización recibió de parte de las instituciones públicas de Madrid fue la cesión de las instalaciones de la Escuela Municipal de Hostelería (en Santa Eugenia), pero con los gastos a cargo de la WCK.

Para evaluar la necesidad diaria de menús, la ONG colaboró con el Banco de Alimentos, asociaciones, parroquias e incluso la Cruz Roja. Una parte del reparto de menús fue asegurada por la propia ONG, que utilizaba a este fin furgonetas alquiladas y pagadas por ella. El resto del reparto se hacía a través de las asociaciones y sobre todo gracias a los bomberos, que todos los días salían voluntariamente para llevar las comidas a los más necesitados. 


Más información sobre la ONG: ENTRA


LA BRECHA DIGITAL

La pandemia está transformando profundamente nuestras maneras de funcionar y algunas de estas transformaciones pueden, por lo menos parcialmente, producir cambios más duraderos. Uno de ellos es transferir la gran parte de nuestras actividades online.

El trabajo, la compra, las actividades culturales, los trámites administrativos y sobre todo la enseñanza se trasladaron al mundo virtual para evitar contacto directo y contagios. En ciertos momentos era la mejor solución, sin que se evalúa posibles problemas que pueda crear esta digitalización.

En nuestra sociedad se toma por descontado que todos tenemos internet, Smartphone, ordenadores o tabletas en casa. Pero no es cierto y durante la pandemia muchas familias, sobre todo las que vivían ya en una situación económica precaria antes, tuvieron que afrontar problemas por no poder acceder a varias prestaciones, enseñanza o trabajo online.

En caso de enseñanza las consecuencias de esta brecha digital son tanto más importantes que produjeron un retraso suplementario, sobre todo entre los niños ya perjudicados, procedentes de familias más pobres o marginalizadas. Por su parte, los centros escolares no pudieron proporcionar a todos estos estudiantes las herramientas que les permitieran seguir los cursos en línea. Sobre todo en caso de escuelas publicas, ya muy afectadas por los recortes y con poca financiación. Una vez más, los que respondieron ante esta crisis digital, fueron los redes solidarios de vecinos. En muchos centros auto-gestionados, en paralelo a las despensas de comida, se desarrolló ayuda escolar y búsqueda de ordenadores o tabletas de segunda mano.

Entre ciertos segmentos de la población, como por ejemplo personas mayores, personas migrantes o empleados del sector domestico, la brecha digital dificultó la posibilidad de acceso a servicios muy necesarios. Muchas de estas personas no podían obtener sitas en centros de salud, obtener acceso a las prestaciones de servicios sociales o realizar peticiones de subsidios. Uno de los ejemplos más llamativos es el caso de empleadas de hogar* que, sin acceso a conexión estable, ordenador y escáner, no podían realizar una petición de subsidio extraordinario para paliar la perdida de su trabajo durante el confinamiento.


*Para saber más sobre la situación de empleadas de hogar: ENTRA





“Me encanta aprender algo nuevo, me gustan novelas que son como una espacia de películas pero escritas. Pero cuando soy un poco vaguita, también me gustan los comics.” 

Lidia, 10 años



"Yo quiero que mi niña estudie, siempre la empujo para que estudia. Así en el futuro, puede tener tele-trabajo y ganarse mejor la vida.” 


Enriqueta, 50 años


Enriqueta vive en una casa pequeña de 40 m2. En dos minúsculas habitaciones tienen que caber en total 5 personas. Una de las habitaciones la comparte Enriqueta con su hija Lidia de 10 años y otra está ocupada por el hijo de Enriqueta, su mujer y su bebe de un año. Durante el confinamiento Lidia, sin ordenador ni conexión estable, no pudo estudiar. Mientras que otros niños recibían sus deberes y avanzaban online, Lidia esperaba acumulando retraso que tendrá que recuperar sola. En esta casa la escuela online fue un sueño al cual Lidia pudo acceder sólo al final del confinamiento, y gracias a la generosidad de un hombre que, conmovido por la situación de la familia, le regaló un ordenador de segunda mano... LEER MÁS

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VIVIENDA

Cuando el confinamiento resulta ser un lujo


Jess (32 años, México) vino a España hace 4 años y medio, con la idea de quedarse unos tres meses trabajando en Ibiza, ahorrar dinero y ya más adelante poner el rumbo hacia Suiza. Pero un vez aquí, la vida dio muchas vueltas y, aunque nunca descartó su sueño helvético, de momento sigue en suelo madrileño.

Desde que llegó, se buscó la vida como pudo. No tiene papeles pero trabajaba de noche captando clientes para bares y discotecas y alquilaba una pequeña habitación en un piso compartido. La habitación no era nada del otro mundo: a penas 5m2 y sin venta por unos 370€ al mes, pero bien ubicada y a Jess le bastaba. Durante el confinamiento se quedó sin trabajo. Sin muchos ahorros ni sueldo, no pudo pagar el alquiler y la dueña no quería ni oír hablar de demora. 

Los 3 años y medio, durante los cuales Jess pagaba religiosamente su alquiler no tenían peso. Los recordatorios constantes de pago se transformaron rápidamente en amenazas: - Me enviaba mensajes y a veces venía a tocar a mi puerta diciendo: eres un indocumentado, no tienes papeles, la policía va venir a por ti porque no tienes nada…. te voy a echar de mi piso, te voy a echar a los perros, te vas a cagar allí dentro… Yo no tengo ni paro, ni ERTE, tengo que buscarme la vida si o si de alguna forma y este acoso ya no lo aguantaba.” .... LEER MÁS

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SALUD

Cuando la asistencia sanitaria universal no llega para todos



“Me llama cada vez más gente, y no puedo no atenderles incluso si estoy en el trabajo. Es cuestión de salud y puede ser cuestión de vida. Cuando salió en los medios el caso de Mohamed, hubo mucho ruido y entonces contrataron una empresa para tener interpretes. Pero la empresa está en Andalucía, se hace todo por teléfono y el problema es que casi nunca se consigue contactar con ellos. Además esta empresa no tiene interprete de Bangla, por mucho que digan que si, no es verdad, o por lo menos yo no lo veo. Los trabajadores sociales, los médicos, los enfermeros que no consiguen contactar con esta empresa me llaman finalmente a mi para pedir ayuda. Yo lo puedo seguir haciendo, pero claro, a veces paso una media hora en teléfono sólo atendiendo el caso de una persona. Trabajo bien, pero me da miedo que mi jefe un día se cansa de todo esto y me echa." 


Manik (36 años, Bangladesh, interprete voluntario).... LEER MÁS



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